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Escribo estas líneas, las últimas de este año 2025, con un sentimiento muy claro: una invitación a vivir en la esperanza que nos trae el Salvador, Jesús, el Señor.
En la liturgia ya hemos encendido la primera luz de la corona del Adviento que nos va acercando al misterio de la Navidad. Esta es la imagen que quisiera subrayar en esta carta saludo del mes de diciembre.
Jesús es la luz verdadera que alumbra la vida de las personas y la vida del mundo. Él vino y sigue viniendo a ofrecernos a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo la luz que nos adentra el misterio vivo y amoroso de Dios. No es una luz cualquiera, es la luz verdadera que nunca se apaga y que siempre la podemos acoger, incluso en las noches más oscuras y profundas de nuestra existencia.
Repasando lo que nos ha regalado este año, no podemos ocultar algo evidente que nos deja preocupados: la polarización cada vez más profunda de nuestra sociedad; el aumento de los conflictos armados; las hambrunas que siguen llevando a millones de personas a morir de hambre; políticas que atentan contra la dignidad de la vida. Podríamos seguir enumerando circunstancias que afectan a millones de personas en nuestra sociedad que siguen clamando dignidad, paz y reconciliación.
Debemos agradecer el esfuerzo que instituciones y personas concretas siguen realizando con mucho esfuerzo y dedicación, por construir una civilización del amor. Es un esfuerzo, muchas veces, callado y oculto pero que está presente en la vida de las personas y de muchas familias necesitadas. Son gestos proféticos de amor y de entrega hacia los demás necesitados. Estos gestos, recordémoslo, llegan al corazón de Dios.
En mis conversaciones con personas que viven en contextos complicados, los escucho subrayar siempre, que nunca han pensado en retirarse o dejar sus proyectos. Sienten muy de cerca la fuerza de la oración de toda la iglesia; reciben con gran satisfacción las ayudas que los enviamos desde nuestras instituciones caritativas y nos siguen animando para que la llama misionera y la solidaridad cristiana nunca se apague en nuestros corazones.
Que la celebración de la Navidad nos lleve a todos, a acoger esta luz verdadera de Dios para que sigamos encendiendo, cada uno en su propio ámbito, las vidas de tantas personas que viven en la oscuridad. Que Dios pueda nacer, de nuevo, en todos los corazones y así podamos ser, toda la humanidad, una gran familia, una gran fraternidad.